Pesadillas y terrores nocturnos en la infancia: todo lo que los padres deben saber
Escuchar a tu hijo llorar o gritar en mitad de la noche es una de las situaciones que más angustia genera en casa. Muchos padres se preguntan si se trata de una pesadilla o de un terror nocturno. Aunque pueden parecer lo mismo, pesadillas y terrores nocturnos no son iguales, y saber diferenciarlos es fundamental para actuar correctamente y con calma.
Las pesadillas son sueños angustiosos que se producen durante la fase REM del sueño, cuando el cerebro está más activo y la actividad onírica es más intensa. Suelen aparecer en la segunda mitad de la noche o de madrugada.
Son poco frecuentes antes de los 2 años, ya que requieren cierto desarrollo de la imaginación y del lenguaje. Aumentan entre los 3 y 6 años (etapa de gran expansión fantasiosa) y pueden continuar en edad escolar, especialmente en momentos de cambios, estrés o mayor sensibilidad emocional.
Cuando un niño tiene una pesadilla:
Se despierta completamente.
Reconoce a sus padres.
Puede explicar lo que ha soñado.
Pesadillas en la infancia: cuándo aparecen y cómo acompañar al niño
Recuerda el contenido al día siguiente.
En este caso, necesita acompañamiento activo. Validar lo que siente, ofrecer contacto físico y transmitir seguridad es fundamental. Frases como “estoy aquí contigo” o “ha sido un sueño que te ha asustado” ayudan a regular la emoción. Si necesita algo de luz, que sea tenue y cálida para no activar en exceso.
Las pesadillas forman parte del desarrollo emocional. El cerebro está procesando vivencias, miedos y aprendizajes.
Los terrores nocturnos son una parasomnia que ocurre en fases profundas del sueño, generalmente en el primer tercio de la noche, una o dos horas después de quedarse dormido.
Suelen comenzar entre los 18 meses y los 4 años, con mayor incidencia entre los 3 y 5 años. A medida que el sistema nervioso madura, tienden a disminuir y desaparecer hacia los 6-7 años.
Durante un terror nocturno el niño puede:
Gritar de forma intensa.
Sentarse o moverse bruscamente.
Tener los ojos abiertos sin estar consciente.
No reconocer a sus padres.
Presentar respiración acelerada o sudoración.
Aunque la escena resulta impactante, el niño no está despierto ni es consciente de lo que ocurre. Al día siguiente no recordará nada.
En este caso, no conviene despertarlo. Lo adecuado es mantener la calma, asegurarse de que no se haga daño y esperar a que el episodio termine por sí solo, lo que suele ocurrir en pocos minutos.
Terrores nocturnos: síntomas, duración y por qué no conviene despertarlos
Cómo diferenciarlos fácilmente
Hay tres claves prácticas para distinguirlos y determinar cómo intervenir:
Momento de la noche:
Pesadillas: segunda mitad de la noche.
Terrores nocturnos: primeras horas tras dormirse.
Estado de conciencia:
Pesadillas: está despierto y te reconoce.
Terrores nocturnos: parece despierto, pero sigue dormido.
Pesadillas: sí recuerda el sueño.
Terrores nocturnos: no recuerda nada.
Factores que pueden favorecer su aparición
Tanto las pesadillas como los terrores nocturnos pueden intensificarse cuando el sistema nervioso está más vulnerable por factores como:
Prevención práctica: rutinas, sueño adecuado y hábitos para reducir episodios
Horarios irregulares.
Sobreestimulación antes de dormir (pantallas, juegos intensos, ambientes muy activos).
Estrés o cambios importantes.
Enfermedad o fiebre.
Uno de los desencadenantes más claros, especialmente en los terrores nocturnos, es el sobrecansancio. Cuando un niño llega a la noche excesivamente agotado, el sueño profundo se intensifica. Esa profundidad excesiva puede generar transiciones desorganizadas entre fases del sueño y provocar episodios de terror nocturno.
Establecer rutinas estables, reducir la activación al final del día y asegurar que duerma las horas que necesita son medidas preventivas muy eficaces.
Información, prevención y calma
En la mayoría de los casos, pesadillas y terrores nocturnos forman parte del desarrollo normal del niño.
La diferencia está en entender qué ocurre y adaptar la respuesta. En las pesadillas, el niño necesita consuelo consciente. En los terrores nocturnos, necesita que respetemos el proceso sin intervenir en exceso.
Cuando los padres cuentan con información clara, la noche deja de vivirse desde la alarma y empieza a gestionarse desde la serenidad. Y esa serenidad es, muchas veces, el mejor acompañamiento posible.






